Memoria de los pies que gastaron el polvo

Quiúbole, ¿todo bien? 


Algo que desde muy niño me ha mantenido atrapado es la imagen del espacio, del territorio, del sitio, del lugar. Al principio solamente como una noción, ligada a una admiración tempranera de la belleza que fija la atención y los latidos, luego como un gigantesco agujero existencial, al darme cuenta de que cada sitio solo existía una vez y que no podía haber otro igual. Y después como un concepto más complejo, que tenía que explicar y admirar al mismo tiempo, con el miedo a la descripción y el pánico a las paradojas.

Subiendo las paredes del tiempo

Fíjate que estaba leyendo un libro fascinante de Yi Fu Tuan (en realidad te he hablado de él muchas veces), que se llama Space and Place. Ahí, el geógrafo chino cuenta que una vez, Niels Bohr y Werner Heisenberg estaban en el castillo Kronberg en Dinamarca, y Bohr le dijo a Heisenberg (traducción mía): "¿no es extraño cómo este castillo cambia con solo imaginar que aquí vivió Hamlet? Como científicos pensamos que un castillo consiste solo de piedras y admiramos la forma en que el arquitecto las puso juntas. Las piedras, el techo verde con su pátina, las tallas de madera de la iglesia, constituyen todo el castillo. Nada de esto debería cambiar por el hecho de que Hamlet vivió aquí y, sin embargo, ha cambiado por completo. De repente, los muros y las murallas hablan un idioma completamente diferente. El patio se convierte en un mundo entero, un rincón oscuro nos recuerda la oscuridad en el alma humana, escuchamos el "Ser o no ser" de Hamlet.” 

Fascinación por el espacio observado. Reflexionando en lo que decía Niels Bohr, pienso también cómo los cambios cambian. Recuerdo el día en que llegué a mi casa, en Puriscal, y noté que a la entrada había un gran árbol rosado. Sí, rosado. El árbol, que había estado ahí los 20 años que tenía mi familia de vivir en esa casa, había existido siempre, había ocupado ese espacio, o con mayor precisión, había hecho ese espacio. Pero no fue hasta entonces, cuando mis ojos y mi cerebro fueron capaces de observarlo, de darle su lugar especial y único, que ese espacio se convirtió en lugar, en un sitio. Como dice Yi Fu Tuan: "El lugar es seguridad, el espacio es libertad: estamos apegados a uno y añoramos al otro".

Robles Sabana, en el paisaje puriscaleño

Cuando encontré el concepto de rugosidades que planteó el geógrafo brasileño Milton Santos, "los elementos que forman el espacio (acciones y objetos), son producto de procesos de supresión, acumulación y superposición, a estos procesos se les llama rugosidad” me quedó una imagen que añoro: la resistencia del espacio, o mejor dicho, de los lugares. La rebeldía de esquinas, campos, paisajes, lugares específicos que no quieren cambiar, que no quieren que la ecuación permanente del espacio/tiempo se lleve las huellas de lo vivido, de lo hecho. El árbol rosado que atestigua el pasado de un pueblo cromático, atiborrado del naranja, violeta y amarillo y otros variaciones de una naturaleza que fue empujada por otros acontecimientos históricos. Sobre todo por una “modernidad” que se los llevó, cuando despejó cafetales para transformar los lugares rurales en lugares urbanos, nuevos.

La rebeldía de los lugares que añoran

Una vez caminaba por la vieja Lima, por las calles coloniales, que fueron mutando hasta convertirse en la ciudad que cayó encima de aquellos parajes históricos, llenos de la memoria de tantos pies que levantaron el polvo que las perfilaba. De pronto miré que toda la cuadra estaba llena de fotocopiadoras, imprentas, encuadernadoras. Mi compañero de caminata me dijo que no entendía por qué o para qué había tanto de una actividad que cada vez se hacía menos útil. Entonces miré la rugosidad en aquel lugar, la rebeldía de aquel espacio viejo que no quería cambiar al ritmo que imponía la historia, la vieja fórmula constituyente que nos define, a nosotros, a nuestro entorno. Hoy pienso que, entre más indague de la historia de ese lugar, más cambiará, aunque el instante de la observación sea el mismo.

Apariciones: 

De “Las ciudades y la memoria 3 (Italo Calvino)”:

Inútilmente, magnánimo Kublai, intentaré describirte la Ciudad de Zaira de los altos bastiones. Podría decirte de cuantos peldaños son sus calles en escalera, de qué tipo los arcos de sus soportales, qué chapas de zinc cubren los techos; pero sé ya que sería como no decirte nada. No está hecha de esto la ciudad, sino de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado: la distancia al suelo de un farol y los pies colgantes de un usurpador ahorcado; el hilo tendido desde el farol hasta la barandilla de enfrente y las guirnaldas que empavesan el recorrido del cortejo nupcial de la reina; la altura de aquella barandilla y el salto del adúltero que se descuelga de ella al alba; la inclinación de una canaleta y el gato que la recorre majestuosamente para colarse por la misma ventana; la línea de tiro de la cañonera que aparece de improviso desde detrás del cabo y la bomba que destruye la canaleta; los rasgones de las redes de pescar y los tres viejos que sentados en el muelle para remendar las redes se cuentan por centésima vez la historia de la cañonera del usurpador, de quien se dice que era un hijo adulterino de la reina, abandonado en pañales allí en el muelle.

En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos. 

De nueva forma el espacio, de nueva forma el árbol…

Como esto es un inicio, voy a terminar. Quiero recordar algo que aparece mucho en lo que escribo, incluso en “Donde el tiempo espera”: los baobabs. La primera vez que vi uno, en Angola, sentí una bocanada cálida de remembranza. Pensé en El Principito y, aunque desde entonces discrepo con Saint Exupery, porque conocí la belleza de los baobabs, el hecho de ligar un recuerdo tan significativo (el libro) con una presencia de tanta belleza (el árbol), le dio a aquel espacio un lugar, lo convirtió en un refugio. El otro día miraba la fotografía que tengo de ese árbol, en ese sitio, y pensé en mi amigo Francisco Bimba. El amigo con quien trabajé y comencé a entender aquella África que poblaría desde entonces mi vida. Bimba murió hace algunos años y se constituyó en un recuerdo de esos que te marcan el corazón, la vida. Cuando miré la fotografía, ahora con el recuerdo del amigo, supe que el lugar había cambiado, una vez más. Entendí de nueva forma el espacio, de nueva forma el árbol, entendí la expresión de los sentimientos acumulados en un sitio que tal vez se resistirá a cambiar.

Esta es la primera entrega de este intercambio epistolar que enviaré cada algunas semanas. Digo intercambio porque me gustaría, si tienen ganas, de recibir algún comentario, sugerencia, idea a este mismo correo.

El viernes pasado fue la presentación de “Donde el tiempo espera” por youtube desde Lima, Panamá, San Salvador, Montevideo y Buenos Aires. Fue una celebración hermosa y que me gustaría compartirles. Está disponible para ver acá.

Me despido, desde el aeropuerto de Lima, con un ceviche muy picante!

¡Hasta la próxima!